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EFE
Las uvas de la suerte se enfrentan al cambio climático

Las uvas de la suerte se enfrentan al cambio climático

Llegan cada Nochevieja a la mesa de los hogares españoles, pero las uvas de la suerte también deben enfrentarse a los efectos de la emergencia climática. Las altas temperaturas rompen los procesos naturales de sus vides

Raquel C. Pico

Viernes, 29 de diciembre 2023, 07:00

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En la lista de las incuestionables tradiciones navideñas que año tras año se cuelan en los hogares españoles, las doce uvas de la suerte ocupan un lugar destacado. Aunque cada año se repiten los artículos que intentan explicar cómo y cuándo arrancó esta tradición, para la población esos son datos no especialmente relevantes. Lo que todo el mundo tiene claro es que hay que comerse las doce uvas con las doce campanadas que marcan el cierre de un año y el inicio del otro para así asegurarse la buena suerte. Pero las uvas de la suerte, como tantas otras cosas, también se están viendo afectadas por el cambio climático.

La agricultura sufre los efectos de la emergencia climática y las uvas de la suerte no son más que, al final, un producto que surge de esta industria. La vitícola lleva años señalando cómo les está cambiando los procesos y cómo les está empujando a cambiar sus modos de trabajo. En el vino, ya han ajustado vendimias o se han visto afectados los sabores.

Para las campanadas, la uva tradicional es la que viene de la comarca alicantina de Vinalopó, es «la típica», como explica al otro lado del teléfono Beatriz Rocamora Montiel, la directora de la Denominación de Origen Protegida Uva de Mesa Embolsada del Vinalopó. «Tradicionalmente, la uva que aguantaba hasta final de año es esta, sí», apunta.

Y en estas uvas navideñas ¿están viendo igualmente los efectos del cambio climático? «Nosotros lo que estamos notando en los últimos dos años es que afecta a la producción de las uvas», señala Rocamora Montiel. «Las plantas están estresadas», indica.

Los cambios de temperatura son uno de los efectos directos de la emergencia climática. El cambio climático ha hecho que, en general, las temperaturas sean más cálidas, pero también –y esto es algo que cualquier persona puede ver a simple vista– que las estaciones se vuelvan menos claras. Esto es, los inviernos se están convirtiendo en 'menos' invierno y las estaciones intermedias, como el otoño o la primavera, se han ido haciendo mucho más invisibles. Un ejemplo próximo en el tiempo fueron las veraniegas temperaturas de este otoño.

Estos cambios en los patrones tienen un efecto directo sobre los árboles y las plantas. Ahí está, por ejemplo, lo que les ocurre a los árboles, que sufren floraciones fuera de época por causa de las temperaturas. Estas floraciones no van a lograr generar frutos, pero hacen que los árboles destinen recursos a hacerlas y que malgasten sus energías.

¿Qué es lo que le ocurre de forma concreta a las vides de las uvas de la suerte? Rocamora Montiel apunta que en los meses de enero y febrero las vides descansan, entran en «letargo». Para que esto ocurra, necesitan que haga frío. Si no lo hace, las plantas se encuentran en una situación diferente a la que encaja en sus dinámicas, se ven arrastradas a «perderse un poco los procesos». Por eso, a las vides no les está pasando tanto lo que los investigadores están viendo en otros árboles, pero sí están sufriendo los efectos de la ruptura de las temperaturas 'esperables'. «No se están adelantando los hitos de las plantas», señala Rocamora Montiel, pero sí están notando las consecuencias en la producción. «Produce uva si tiene las condiciones», recuerda la directiva.

Por eso, no sorprende lo que la experta indica que están viendo en los campos alicantinos. Estos años están notando algo menos de producción, aunque Rocamora Montiel deja claro que es no que vaya a haber uva para las campanadas. Nuestras uvas de la suerte llegarán a la mesa.

Métodos ancestrales que además ayudan

El cambio climático es uno de los problemas a los que se enfrentan los productores de uva de mesa –que es, al final, lo que se cultiva en la comarca en la que nace la uva de la suerte año tras año– pero no la única cuestión. Rocamora Montiel explica que las temperaturas «por supuesto» preocupan a los agricultores, pero también lo hacen las cláusulas espejo de producto importado o la reducción de fitosanitarios activos por las dificultades para hacer frente a las plagas. También los costes y condiciones de los seguros agrarios, que a su vez están muy conectados con los daños colaterales del cambio climático.

Un año malo puede llevar a que se abandonen pequeños cultivos de estas uvas, lo que «es perjudicial». No solo se pierde tejido agrario, sino que para cuestiones como el control de plagas las vides abandonadas hacen más complicado luchar contra ellas.

Desde la propia industria de la uva se está también trabajando para ver qué se puede hacer y cómo, en áreas derivadas como puede ser la lucha biológica. «Las temperaturas tienen un impacto en las plagas», recuerda Rocamora Montiel.

Eso sí, dos elementos juegan a favor de la producción de esta denominación de origen. La primera es el tipo de uva que cosechan. Son variedades autóctonas, propias de la región en la que se está trabajando ahora mismo con ella. Esto es un potente activo en tiempos de emergencia climática porque son «muy resistentes». Son uvas que conocen ya muy bien –está en su esencia, se podría decir– la tierra en la que nacen. Puede que el mercado de las uvas de mesa está lleno de variedades nuevas que tienen sus momentos, pero, como resume Rocamora Montiel, «las tradicionales responden mejor».

El segundo es la forma de cultivo. El método tradicional consiste en envolver en papel el racimo para que siga madurando dentro. Es algo que se hace con «producción artesanal», como apunta la directora de la DO, y que forma parte del patrimonio cultural de la zona. Es, por eso, también una «cuestión social», no solo por los muchos puestos de trabajo que dependen de ello sino igualmente por el arraigo que tiene en la comarca. Es parte de su patrimonio.

Pero, además, es también una forma verde de afrontar los problemas de los cultivos. «Se podría considerar como medida medioambiental», señala Rocamora Montiel, puesto que hace que sean necesarios menos productos fitosanitarios. El proceso hace un control de plagas efectivo sin que se usen substancias. Incluso evita otro tipo de daños sobre los racimos. Este vínculo verde «está demostrado», indica la experta. Un estudio de investigadores de la Universidad Miguel Hernández de Elche lo hizo.

De estas vides no solo depende la suerte con la que empezaremos el año nuevo, también lo hace una comarca. En la DO Rocamora Montiel se encuadran entre 30 y 35 empresas comercializadores y 300 a 350 personas productoras. Salen de allí entre 36 y 40 millones de kilos de uvas de mesa de todas las variedades con las que trabajan cada año.

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