Flores puestas al pie del monumento en recuerdo de los fallecidos por el covid-19. / SHOOTORI

4.000 'soldados' caídos en una guerra injusta

Homenaje, emoción y recuerdo en la inauguración del monumento a los fallecidos por el coronavirus

José Vicente Pérez Pardo
JOSÉ VICENTE PÉREZ PARDO Alicante

La frase es de la hija de Paco, el Caballero. Uno de esos 'soldados' que combatieron contra un enemigo desconocido, de ámbito microscópico, y que perdieron la batalla. Por Paco, por Isabel, por Antonio... Por los cerca de 4.000 alicantinos que perdieron la vida durante la pandemia del covid-19. Por todos ellos, el Ayuntamiento ha levando un monumento de homenaje y eterno recuerdo. La emoción apenas pudo contenerse en el acto y alguna lágrima se dejó caer. Todos hemos sido testigos de lo que fue el coronavirus. Nadie nos lo tiene que contar.

Pero para las futuras generaciones permanecerá este recuerdo en la esquina del Hospital Doctor Balmis, la 'zona cero' de la lucha contra el el covid. Un monolito de 25 toneladas de mármol blanco de Pinoso, donado por Levantina, con un arco de bronce alcoyano y unos labios que quieren gritar y no pueden. Esas bocas que tuvimos cubiertas durante meses y que, al descubrirlas, señalaron que habíamos vencido al coronavirus.

No fue fácil. Todo empezó en Alicante el 15 de marzo de 2020, cuando ingresó el primer paciente por covid en la UCI del centro médico. Sonia Balboa estaba de guardia.

«Es difícil la idea de que alguien se va sin compartir sus últimos momentos»

ASUNCIÓN MARTÍNEZ

Hija de una víctima del covid-19

Sonia es la supervisora de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital General de Alicante, bautizado con el nombre del cirujano alicantino que llevó a todo el mundo la vacuna de la viruela. Aquí no se dispuso de un recurso similar hasta meses después. Hasta que llegó esa esperanza, el personal sanitario lo dio todo contra la enfermedad y para poder aliviar a los enfermos y sus familias. Paco estuvo «rodeado de ángeles» antes de irse al cielo, cuenta Asunción, su hija.

Pero no eran ángeles, sino personas de carne y hueso a un lado y otro de la cama. Lo primero que se instaló en el corazón de los médicos fue «miedo y desesperanza», relata Sonia. Los sanitarios se enfrentaban a un virus totalmente desconocido salido a miles de kilómetros de allí. Estaban desconcertados «ante un 'tsunami' que arrasó nuestro sistema».

«Fue un 'tsunami' que arrasó todo nuestro sistema»

SONIA BALBOA

Supervisora de la Unidad de Cuidados Intensivos del Hospital Doctor Balmis

«Salimos abatidos», rememora, «pero nunca vi a nadie decir que no». De aquel primer enfermo de coronavirus nada más se supo. Puede ser que fuera el primer 'soldado' que le dijo adiós al enfermero para que se lo transmitiera a la familia. «Es difícil la idea de que alguien se vaya sin compartir sus últimos momentos con sus seres queridos», reflexiona Asunción sobre aquellos días. Apenas unos minutos, con todas las medidas de protección, para despedirse.

Pero otros resistieron, como Marcos, aunque reconoce que «no soy la misma persona que entró al hospital». Marcos González estuvo 101 días ingresado en la UCI del Doctor Balmis, la mayoría en coma inducido. Fue de los primeros ingresos por covid-19, el 20 de marzo de 2020. Regresó a su casa 159 días después, pero «aún hoy sigo trabajando para volver a ser la persona que era».

Marcos es uno de los 'heridos' de guerra, como los «cientos de personas afectados por los síntomas de las secuelas». Pero también es un hombre feliz por tener una segunda oportunidad: «Se puede volver a la vida». De aquellos días, apenas recuerda nada. Solo que «no conocí a Dios, no vi la luz, pero sí la sentí a través de las manos de los sanitarios».

Monumento en homenaje a los fallecidos, una boca sobre un bloque de mármol y un arco de bronce. / SHOOTORI

Ahora es un hombre más humilde. «No soy un héroe», admite. Más bien al contrario se siente en deuda con todos aquellos «leones» con batas blancas que estuvieron a su lado: «No estoy seguro de haberles agradecido lo suficiente».

Y es que hay tanto y a tantos a los que dar las gracias. Porque ha sido una guerra sin cuartel ni trincheras, que se ha vivido no solo en hospitales. También en cuarteles y supermercados. «No era consciente de lo importante que es mi trabajo», reconoce Patricia Gil, cajera en un Mercadona de Alicante.

Las tiendas de alimentación fueron consideradas servicios esenciales y, como tal, sus empleados también estuvieron trabajando día tras día en lo más crudo del confinamiento.

Vieron la pandemia desde otro punto de vista. «Todavía no comprendo por qué el acopio de papel higiénico», admite. Esos días de compras compulsivas como si fuera a acabar el mundo: «Les decíamos que no iba a producirse desasbastecimiento, pero había mucha incertidumbre».

En esta avalancha, «dimos lo mejor de nosotros mismos». Porque solo se conoce de verdad a las personas en los tiempos de crisis. Quienes llamaban a la Policía para denunciar que habían visto pasar a una persona por la calle y quienes les respondían al otro lado del teléfono.

Protección Civil, Guardia Civil, Policía Nacional y Local tenía la difícil misión de seguir las órdenes de la autoridad nacional y mantener el orden. Salían a la calle sin medios y sin miedos. Porque había una misión que cumplir.

Nuria es una de esos agentes que patrullaa las desiertas calles de Alicante durante los meses de confinamiento. De aquellos días se acuerda de las muchas llamadas que recibían. De entre todas ellas, las que ofrecían ayuda a la Policía y no la pedían.

Como aquel empresario que tenía una remesa de EPIs en el almacén y las puso a disposición de la Policía Local de Alicante. Estos equipos de protección individual se acumularon durante la crisis del petrolero 'Prestige' desde hacía 18 años. Y con estos equipos salieron los agentes de Alicante a recorrer las calles.

«No vi la luz, pero la sentí a través de las manos de los sanitarios»

MARCOS LÓPEZ

Superviviente del covid-19

O también de ese empresario de un lavadero de coches que ofreció sus instalaciones sin coste para higienizar los coches patrulla.

Fueron aquellos días en los que los hogares se convirtieron en cárceles de las que no se podían salir. Tan solo unos minutos a las ocho de la tarde a apaludir a los sanitarios. Eran esos días en los que los uniformes azules y las batas blancas «representaron lo mejor de nosotros», como dice el alcalde, Luis Barcala.

De todo ello cabe sacar una lección: «Juntos somos capaces de vencer todas las adversidades». Hemos sido testigos de ello. Ahora, nuestra misión es contarlo a los que llegan. Ya no es la guerra de nuestros abuelos, ahora es la nuestra propia. La guerra contra el coronavirus. Aquella en la que cayeron 4.000 alicantinos. Recuerdo, homenaje y sentimiento a todos.