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Invertir con valores: claves para un impacto positivo

Cada vez son más las compañías que apuestan por la llamada inversión de impacto. Es el caso del programa Cellnex Bridge, de la Fundación Cellnex.

Gonzalo Garzón

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Hacer del mundo un lugar mejor para los que vivimos en él es tarea de todos. Una labor en la que también están llamadas a jugar un papel protagonista las empresas, independientemente de cuál sea la actividad a la que se dediquen. Y aunque hay muchas formas de conseguirlo, casi todas pasan por ofrecer bienes o servicios más sostenibles, más respetuosos con el planeta y que tengan a las personas en el centro de su actividad.

Esos son, precisamente, los pilares de la llamada inversión de impacto, toda una manera de entender el mundo de la empresa que cada vez cuenta con más adeptos. El objetivo es tan claro como encomiable: cambiar un modelo económico que dilapida los recursos naturales y que no distribuye correctamente la riqueza, dejando de lado a los más débiles.

Nuevos tiempos

Hoy en día, las nuevas tecnologías y una forma de trabajar más acorde al siglo XXI han traído consigo una manera distinta de hacer negocios que se materializa en la inversión de impacto. Los emprendedores emplean la Inteligencia Artificial (IA), las tecnologías más disruptivas y los métodos de trabajo avanzados como el Design Thinking, que fomentan la creatividad, la empatía y el trabajo en equipo. Todo ello, para plantear un giro de 180 grados en materia económica, pero también social. 

“Emprender es como montarse en una montaña rusa; un desafío que es más difícil si no está alineado con tus valores”, explica Marta Rodríguez, CEO de Blind Stairs, una empresa similar a LinkedIn, pero que pone el acento en lo social. Su compañía ha desarrollado un software que permite que los responsables de las áreas de Recursos Humanos de las empresas eliminen, en los procesos de selección de personal, los sesgos discriminatorios por razón de género, nacionalidad, raza, edad, origen étnico y orientación sexual. Las ofertas de trabajo, gracias a este software, se redactan en lenguaje inclusivo y las entrevistas se pueden realizar mediante avatares en el metaverso. Al igual que otras startups similares, Blind Stairs fue seleccionada en la segunda edición de Cellnex Bridge, el programa de la Fundación Cellnex en colaboración con la aceleradora AticcoLab y la consultora de innovación social Innuba.

Otra moda es posible

Hay más ejemplos. Run to Wear nació en 2021 como una comunidad de intercambio de prendas dirigida al público femenino. Su meta: imaginar otra manera de consumir moda. Al fin y al cabo, la industria textil es la segunda más contaminante del planeta. Consume 93.000 millones de metros cúbicos de agua al año y es responsable de la contaminación del 20% del agua potable. Urge otra manera de comprar ropa, pero también de fabricarla. Por ello, Run to Wear también ha abierto una nueva línea de negocio que ayuda a las marcas a ser más sostenibles y lograr la trazabilidad de sus productos, que será una obligación porque la Unión Europea les obligará a que se hagan cargo de sus residuos. Su CEO, Claudia Ojeda, explica que a menudo son “las propias marcas las que quieren saber qué puntuación tienen en materia de sostenibilidad y cómo mejorar”. 

¿Cualquier empresa puede pasarse a esta manera de entender los negocios? No es tan sencillo. “La inversión de impacto no es para todo el mundo”, advierte José Montcada, Managing Partner de Fondo Bolsa Social, un fondo de inversión que apoya el crecimiento de empresas jóvenes que quieran generar un impacto social y medioambiental. “La pregunta es: ¿qué quieres hacer con tu dinero? ¿Quieres ganar dinero y contribuir a una sociedad más justa?”. En ese caso, adelante. Pero, tal y como recuerda Montcada, “la inversión de impacto no es filantropía: se necesita un buen plan de negocio y, sobre todo, dar visibilidad al impacto que se espera lograr en la sociedad o el medio ambiente”. Al final, todo tiene su recompensa. “La vida del inversor de impacto es más complicada, pero más feliz y plena”, asegura.

Una historia de pequeños grandes cambios

En realidad, el emprendimiento social viene de lejos. El término fue acuñado por primera vez en 1980 por Bill Drayton, CEO y fundador de Ashoka, para hacer referencia a aquellas iniciativas innovadoras que tenían como objetivo generar un impacto social escalable siguiendo principios de emprendimiento (innovación, efectividad, pilotos a pequeña escala, etc). Casilda Heraso, directora de selección de emprendedores de Ashoka, explica que ellos ayudan a emprendedores y ONG’s. “Ashoka no invierte dinero, pero damos el sello social a la iniciativa”, relata. “En 40 años hemos aprendido cómo transformar sistemas, escalar el proyecto y buscar la financiación”, asegura. Dentro de unos años, añade, la inversión de impacto no se diferenciará de la inversión común porque en un futuro “cualquier empresa que no nazca con un objetivo social y ambiental no retendrá el talento de los jóvenes, que cada vez más buscan ser agentes del cambio”. 

Todos ellos participaron en una mesa redonda bajo el título “¿Se puede emprender para crear impacto?”, moderada por Quino Fernández, CEO de Attico Lab, colaboradora de la Fundación Cellnex en el programa Cellnex Bridge, que este año ha llegado a su tercera edición y que ha impulsado un ecosistema de innovación al que ya han accedido nueve proyectos de diferentes perfiles. Fernández resaltó que la mayoría de los proyectos seleccionados tenían un único fundador. “Cuesta encontrar esa alma gemela al que le brillen los ojos con tu proyecto”, según José Montcada.