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El mate del beso

El mate del beso

Cuentos, jaques y leyendas ·

La sección se despide hasta la próxima temporada con un relato de ficción inspirado en la pasión por el tablero de un «gran maestro» muy particular

Manuel Azuaga Herrera

Sábado, 20 de mayo 2023, 22:39

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Puedo ver una fiesta y una casa, la combinación perfecta. La casa no es una casa cualquiera, es una mansión de lujo, de esas con piscina salada, dálmatas, minaretes al estilo Taj Mahal. Suena música de fondo. Es el vals de Shostakovich, la 'Suite de Jazz nº 2'. Nadie marca el paso ni lo baila. Los invitados forman corros y beben champán mientras hablan de política, de psicología cognitiva y de la pérdida de la memoria a corto plazo. Algunos hombres y mujeres llevan antifaz y esconden sus rostros. La casa mansión pertenece a un príncipe árabe que está sentado en una mesa circular llena de cócteles. Cuando el príncipe cuenta algo, no importa qué, arranca impostada la risa de los contertulios. A cada rato, una joven hermosa se moja los labios en la sal de un Bloody Mary y saca vertiginosamente la lengua como una serpiente en celo. El único que no se ríe es un tipo con barbas desaliñadas llamado Stanley, al que el príncipe dirige cada chiste, cada mirada. En la mesa hay ceniceros, bandejas de plata con restos de polvo blanco y un tablero de ajedrez. Las negras pueden dar mate en una, con su dama, pero intuyo que es el turno de las blancas.

—Me advierten de que tenga cuidado con usted, Stanley –dice el príncipe–. Suena un tanto peligroso. ¿Debería ponerme en guardia?

El comentario provoca un silencio de varios segundos interminables. Coincide con la última nota del vals de Shostakovich. De repente, los invitados parecen estatuas de piedra. Algunos mantienen el equilibrio para no derramar la copa o caer al suelo. Quien se mueva, pierde, pienso. Todos están congelados menos la joven hermosa del Bloody Mary, que ahora chupa una rodaja de lima, como si nada, como una abeja melífera hambrienta. Stanley se inquieta cuando escucha los primeros compases de 'Sarabande', la suite de Handel. Conoce bien la melodía. Es la música perfecta para batirse en duelo, por eso imagina que acabará muerto de un disparo como Aleksandr Pushkin. Se encoge de hombros y pone las palmas de las manos hacia arriba.

–Con todos los respetos, no sé a qué se refiere –balbucea.

–A que le llaman «el gran maestro».

–Ah, bueno, es eso. No es para tanto, créame. Además, hace tiempo que… –Stanley no termina la frase, respira aliviado y fija su atención en la posición del tablero. Mate en una para las negras. Es el mate del beso, siempre que no muevan blancas.

El circo gira de nuevo a su alrededor como una danza ancestral. Stanley siente un hormigueo que le baja y sube por el estómago, dibujando espirales. La grima que precede a la tormenta.

–Juguemos una partida –propone el príncipe.

A Stanley le vienen a la memoria los años en los que jugó en el Washington Square de Nueva York o en los míticos Marshall Chess Club y Manhattan Chess Club. También lo hizo en Chess and Checkers House, la casa de las pulgas, aquel lugar sí que era un templo. La de veces que se enfrentó a su amigo Kola Kwariani, el grandullón. A veces, Stanley pasaba hasta doce horas seguidas delante del tablero, con descansos solo para comer. Y ganó mucho dinero apostando, sí que lo ganó.

–No, ya le digo que hace tiempo que… –otra vez balbucea, otra vez la inquietud.

–Le hará bien, hágame caso.

El príncipe se dirige a Stanley con tono pausado y se lleva las manos al cinturón del pantalón. Durante el gesto deja entrever una pistola con el mango de marfil. La imagen de Aleksandr Pushkin vuelve a pasar por la cabeza de Stanley, pero esta vez Pushkin tiene el pecho y el abdomen cubiertos de sangre. Maldita la hora en la que aceptó venir a esta fiesta. Malditos los duelos, los poetas rusos, el ajedrez y los príncipes árabes, sobre todo los príncipes árabes.

–Si tanto insiste… Pero solo una.

Como un resorte, el príncipe se incorpora, pero antes coge una copa de whisky con vermut rojo. Se inclina y besa la lengua de serpiente de la joven hermosa, que aún sabe a lima. El resto de invitados sigue con el champán y las mismas conversaciones. Cada vez hay más bandejas de plata y menos restos de polvo. Más frenesí. Menos civilización. Surge con fuerza la obertura de 'Guillermo Tell', de Rossini. De repente, los hombres y mujeres que llevan antifaz forman una extraña coreografía y comienzan a bailar con un vigor exagerado, casi teatral, como si cabalgaran. Stanley contempla la escena pero, al mismo tiempo, se siente observado. Se pone en pie y mira a los ojos al príncipe, que le sonríe con cara de pocos amigos.

–Acompáñeme, allí estaremos más tranquilos.

Ambos entran en una habitación contigua. El príncipe cierra la puerta con llave y la música queda atrás, mucho más lejos de lo que Stanley había imaginado. Retumba con un filtro grave y distorsionado, como desde el interior de una pecera. Para cuando están sentados frente a frente, yo ya estoy dentro. No hay más testigos. El tablero de ajedrez es majestuoso. El término preciso no es «majestuoso», es «elegante», piensa Stanley, y a los buenos ajedrecistas no les gusta jugar con piezas tan elegantes. En un primer momento, esta apreciación tranquiliza a Stanley, aunque enseguida cambia de opinión. Lo mejor será que el príncipe sea un jugador experimentado, que domine los principios de Nimzovich y despliegue todo su talento, su instinto asesino. «Su instinto asesino», se repite una y otra vez.

La partida la gana Stanley en pocos movimientos. Amenaza con capturar en 'f7' y el príncipe, ciertamente, no tiene cómo defenderse: es mate imparable, por lo que abandona. Stanley maldice su suerte y su afán pendenciero. ¿Pero qué demonios está buscando? ¿Que le peguen un tiro? Porque podría haberlo evitado, podría haber movido cualquier otra pieza o hacer una jugada de espera. Pero no, Stanley no es de esos. Cuando huele la presa, aprieta y muerde con fuerza. Es un acto reflejo.

–Juguemos otra, con los colores cambiados –propone como solución.

Stanley evita la palabra «revancha». Sabe que el príncipe no puede volver tan pronto, levantaría sospechas. Esta vez se promete no atacar de forma tan directa. El secreto está en calmarse, jugar tranquilo, entregar por completo la iniciativa.

–De acuerdo, pero tenga cuidado –sugiere el príncipe–. Ahora llevo las blancas.

El príncipe coloca sus piezas como el futbolista que mima el balón antes de lanzar un penalti. Stanley hace lo propio. Respira profundo. Ambos tocan ligeramente cada uno de los trebejos, desde fuera hacia dentro, desde las torres hasta la dama y el rey. Después repiten la ceremonia con las dos filas de peones, cada uno con la suya. Son toques imperceptibles, suaves caricias que logran encuadrar la posición de cada pieza en el centro del marco geométrico de la casilla que habita. El príncipe se ajusta el cinturón y el marfil de la empuñadura asoma por el costado.

–Buena partida.

Juegan la apertura sin errores. Se trata de la línea principal de una variante de la defensa francesa, no recuerdo bien el nombre. En el medio juego, Stanley pierde una pieza, un caballo. Quiero suponer que la ha perdido a propósito. En cualquier caso, el príncipe no aprovecha la ventaja y, de forma incomprensible, diez jugadas más tarde, deja a su rey desvalido, expuesto a una feroz arremetida. A Stanley la posición le resulta familiar. Tan familiar que reconoce el patrón de jaque mate. Sí, es fácil. Es el mate del beso. Caigo en la cuenta de que la posición es exactamente la misma que la del tablero de fuera, en la mesa circular llena de cócteles. Confirmado: es el turno de las negras. Y Stanley, una vez más, ha olido la presa.

El príncipe se levanta sin estrechar la mano de Stanley. Le pide que vuelvan de inmediato a la sala principal de la fiesta.

–Usted primero, por favor.

Stanley recuerda que la puerta está cerrada con llave. La situación no le favorece, menos aún si ofrece la espalda, un paso por delante, pero no hay jugada intermedia. El príncipe esconde un brazo debajo de su chaqueta, saca la llave y pone la mano izquierda en el hombro derecho de Stanley. Caminan juntos hacia la mesa circular. El príncipe sonríe. Salgo tras ellos. Los contertulios siguen a lo suyo, aunque la joven hermosa del Bloody Mary ha desaparecido. El tablero de ajedrez descansa sobre la mesa. El mate está a la vista. Alguien ha debido mover la dama negra.

–¿Qué ha pasado ahí dentro? –preguntan al unísono–.

–Tablas. Cada uno ha ganado una partida –responde el príncipe–. Tenían razón. «El gran maestro» es peligroso. Por cierto, ¿cómo se llama, Stanley qué?

–Kubrick, Stanley Kubrick.

***

El cuento 'El mate del beso' está inspirado en una historia real. En su búsqueda de la verdad creativa, Stanley Kubrick amó tanto el ajedrez como el cine. El príncipe árabe existió, así como la habitación contigua y la pistola con mango de marfil.

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