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PARADORES

Una historia para comérsela

Su silueta emerge, orgullosa y vigilante, sobre el pequeño pueblo toledano de Oropesa, un cruce de caminos nutrido de historia, grandes salones, un palacio del siglo XV y un restaurante excepcional

Kino Verdú

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Es imposible no desviar la mirada, cuando uno conduce por la Autovía del Suroeste (la A 5, que atraviesa Extremadura), hacia ese conjunto palaciego coronado por una excelsa torre de 25 metros de altura. Bienvenidos al Parador de Oropesa, a sus 48 habitaciones (30 dobles, 14 de matrimonio y cuatro Junior Suites) y a un puñado de amplias estancias comunes en las que palpita un devenir histórico apasionante, abrumador, repleto de condes, duquesas, reyes y aristocracia.

«Es la primera fuente de riqueza de la comarca, se sienten privilegiados por ello»

Dibuja un todo con la hermanada fortaleza árabe de los siglos XII y XIII, la de la maravillosa torre almenada, pero el propio Parador late en el palacio, donde hace dos años arribó María José Sepúlveda Ramos, su directora: “No lo conocía, y fíjate que he estado nueve años dirigiendo el Parador de Toledo, muy cerca de este. Había venido a algún evento, de visita, pero no tuve la oportunidad de relacionarme con el personal ni con sus instalaciones. Lo primero que me sorprendió fue el mismo Parador en sí, con esos salones gigantescos, adentrarme en la historia de los Condes de Oropesa y Toledo, estar en un pueblo tan pequeño y, además, es el único histórico en el que he trabajado. Es precioso, de los más bonitos que conozco y los empleados son cercanos, la mayoría del pueblo de Oropesa, y saben que viven de esto, es la primera fuente de riqueza de la comarca, se sienten privilegiados por ello”.

María José nació en La Puebla de Almoradiel, en plena Mancha, la de Don Quijote, estudió Turismo en Madrid porque tenía facilidad por los idiomas y le pareció una buena carrera para desarrollar ese don (el alemán es su fuerte) y al terminar entró en una gran cadena hotelera española, enfocada a grandes establecimientos vacacionales, y llegó a directora. Mallorca, Málaga… y en 2005 “tuve la oportunidad de entrar en la Red de Paradores, una experiencia radicalmente distinta a ejercer en una compañía privada. Me adapté enseguida”. 

Comienza su periplo por Paradores: Ayamonte, Soria, Toledo, Ronda, Jávea… Y Oropesa, el segundo que se abrió, tras el de Gredos (el que dio comienzo a esta aventura), en 1930, y el primero que lo hacía en un edificio histórico. “Es chiquito y, aunque no te lo creas, la estación más alta es julio y agosto, la gente viene buscando tranquilidad, con esa piscina casi particular, un pueblo repleto de actividades culturales y unos alrededores estupendos para realizar excursiones, como Talavera de la Reina, Guadalupe, la Sierra de Gredos, La Vera…”. La piscina refresca los  calores estivales de esta zona, y bajo la sombra de los árboles del jardín los huéspedes descansan sobre las hamacas. Es una de las perlas del Parador, pero lo que abruma es su historia, fascinante, apasionante, que se va descubriendo según se atraviesan (y se reposa) sus salones, rincones, estancias, ¡todo! Como por ejemplo el Salón Condal, rectangular, pantagruélico, en el que descuella una chimenea bajo un gran escudo heráldico, el de la Casa de Alba, azul y blanco, ajedrezado, al albur de unos mullidos sillones y sofás, el reducto favorito de la directora. 

Aquí nos citamos con José Manuel Gutiérrez Rodríguez, prejubiliado del Parador de Oropesa, en el que entró, con 16 años, en 1976, oficial de oficina y en comedor. Qué mejor guía. Es un estudioso de los avatares históricos (es su pasión) de este Palacio-Castillo de los Álvarez de Toledo, condes de Oropesa. De hecho es autor, junto a su hermano Timoteo (que fue cocinero del Parador) de un delicioso librito llamado ‘Un viaje por la Cocina del Parador de Oropesa”, y de otras páginas que desgranan los entresijos de este lugar. Recorremos con él este majestuoso y distinguido laberinto de anécdotas y árboles genealógicos que laten en palacio, un privilegio, la mejor manera de sentir e inhalar la esencia de este enclave. Pero no se preocupen si no gozan con la suerte de caminar y escuchar infinitas aventuras a su lado: desde 2010 se convierte en Parador Museo, con una ruta marcada por una serie de Rincones Preferidos, adecuadamente señalizados y explicativos de las estancias en las que uno se halla. 

«En 1477 se edifica como castillo de poder, no defensivo, no tenía sentido ya que los árabes prácticamente no representaban ya una amenaza…»

Tampoco pretendemos que estas líneas sean un examen preparatorio para licenciarse en Historia, así que vamos a intentar condensarlas… Engancha, con esa telaraña de nobles estirpes, sangre azul, monarcas, generales franquistas, empresarios de altísimo pedigrí, amoríos, pinceladas artísticas contemporáneas (como las del pintor Luis Feito) y el pueblo, siempre presente. Realmente el Parador de Oropesa son dos palacios, el viejo y el nuevo, aunados sin solución de continuidad. Por empezar por algún instante, viajamos a 1370, cuando Enrique II de Castilla le concede al primer Señor de Oropesa, García Álvarez de Toledo, este reducto, una fortaleza árabe. Muere y divide su señorío (extenso, de Ávila al murallón de Gredos, pasando por las estribaciones del río Tajo) entre su hijo, Fernando, y su hermano, también Fernando (Álvarez de Toledo), de quien parte el ducado de Alba, estirpe a la que pasa el palacio en 1750, cuando muere, sin sucesión, la última condesa. 

En 1802 hace lo propio (morirse) la Duquesa de Alba, también sin herederos, María del Pilar Teresa Cayetana de Silva Álvarez de Toledo, a quien se identifica como la famosa ‘Maja desnuda’ de Goya, pero esto no está muy claro… El caso es que la propiedad se revierte al Estado. Pero regresemos a un inciso que explica muy bien cómo es el Parador de Oropesa: “En 1477 se edifica como castillo de poder, no defensivo, ya que los árabes prácticamente no representaban ya una amenaza. De ahí que tenga unas dependencias abiertas, con grandes vistas, una escalera imperial, con esos grandes arcos en los ventanales del comedor, para otear con relajamiento la Sierra de Gredos”, apunta José Manuel Gutiérrez Rodríguez. 

Avancemos. Lo reclama el Duque de Frías, emparentado con los Figueroa, que fuera esposa del segundo Conde de Toledo. Se lo dan y lo utiliza como un albergue de paso, para deleite de sus invitados y nobles amigos (él nunca vivió aquí); en 1880 se lo compra Enrique Gutiérrez de Salamanca y, en 1900, el ayuntamiento de Oropesa lo adquiere y lo convierte en “un multiusos, con un matadero, un teatro, una escuela pública, viviendas para los maestros, plaza de toros [una de las pocas cuadrangular, en lo que hoy es el aparcamiento privado, el patio] y una zona superior con paneras para guardar el trigo, el grano y las bellotas, que ahora están ocupadas por habitaciones”, señala José Manuel. Por fin: llegamos a 1928, cuando el Patronato Nacional de Turismo se lo coge en usufructo al Consistorio para erigir un Parador, sí, el de Oropesa, el primero en un edificio histórico de la Red, inaugurado en 1930, con cinco habitaciones y una mujer como directora, la primera de Paradores, Adela Páramo, que estaría hasta 1964. Alfonso XIII da un discurso de apertura, en la balconada que sobrevuela el patio, y habla del motor económico que va a suponer para la región. 

«Vienen muchos grupos de cazadores compuestos por la jet set, banqueros, empresarios, cazadores selectos de la alta sociedad francesa, como Françios Dalle…»

Con el estallido de la Guerra Civil, en 1936 el general franquista Bartolomeu monta un cuartel general, hasta que en el 39 vuelve al Patronato de Turismo, que lo reabre en 1942, con nueve ‘camas’. En el 64 se cierra, se amplía, se reforma, y en el 66 Manuel Fraga Iribarne lo reinaugura, ya con 27 habitaciones. Es el boom turístico español, hay que darle un empuje al Parador de Oropesa, claro. En 1973 se alarga con 47 habitaciones, hasta las 48 actuales. “Venían muchos grupos de cazadores compuestos por la jet set, banqueros, empresarios, cazadores selectos de la alta sociedad francesa, como Françios Dalle, a la sazón presidente de L’Oreal, el primer ministro Valery Giscard d’Estaing, Monsieur Rusell (casado con la hija de Onassis)… hay que reconocer que fue un Parador de élite. Del 73 al 80, durante la transición, sobre todo estaba orientado a esa ‘nobleza’ de la caza, y luego en 1992 se hizo otra reforma: se construye la piscina, se cambia de lugar la recepción y se aprovecha otro espacio para una habitación más, la 48. Así ha ido evolucionando, a través de las necesidades turísticas que iba teniendo el establecimiento”, finaliza José Manuel. ¿A que engancha? Es como una gran sección de ‘societé’ y del corazón de un medio de comunicación, plagada de ese sano morbo histórico que nos atrapa. 

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El presente es un palacio cálido, acogedor, sosegado, cuajado con un restaurante proverbial (qué logia de arcos lobulados, qué vistas), una subterránea celda-capilla donde pasaba las horas San Pedro de Alcántara (cuidado con esa cabeza cuando bajen las escaleras), el Paso de los Enamorados, el bar-cafetería (la antigua botica de palacio), esa reliquia a la que José Manuel denomina “el ordenador de la época”, un escritorio que alberga cinco cajones secretos (ahora cuatro, algún… se llevó uno) o el Salón de los Secretos, donde se sirve el bufé del desayuno, llamado así porque si uno se coloca en esquinas opuestas y susurra al muro se oye con claridad en la otra punta, por eso más valía no desparramar confidencias, todo se escucha (hagan la prueba, mola), aliñado con una fotografía de Don Juan, padre del Rey Emérito, asiduo al Parador de Oropesa.  

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JEFE DE RECEPCIÓN

José Hernando

Trabajador en el Parador de Oropesa

OFICIAL DE OFICINAS Y COMEDOR

José Manuel Gutiérrez

Trabajador en el Parador de Oropesa

CAMARERA DE COMEDOR

Pilar Aceituno Gutiérrez

Trabajadora en el Parador de Oropesa

La Voz estuvo aquí

El cartel de uno de los Rincones preferidos del Parador de Oropesa reza: “Sinatra, guerrillero español”. Sí, la Voz se hospedó en una de sus habitaciones, y en un recodo de la balconada que se abre con deleite frente a la torre del castillo árabe el más famoso de los miembros del ‘rat pack’ montaba sus incansables guateques. “Nos trajo dos cosas que nunca se habían probado aquí –nos cuenta, con cierta sorna, José Manuel Gutiérrez Rodríguez–: un refresco llamado Coca-Cola y los cigarrillos rubios”. Corría el año 1957 y Frank Sinatra vino a rodar unas escenas de la película ‘The Pride and The Passion’, en España ‘Orgullo y Pasión’ y se alojó durante unos cinco días en el Parador. Otros protagonistas del filme eran Sophia Loren (que durmió en el palacio una noche) y Cary Grant, pero este último no se dejó caer por las estancias. La anécdota se reviste con la gente del pueblo, que acudió a participar en el rodaje a modo de extras en manada, y la actividad económica habitual de Oropesa (mataderos, cultivos…) se paralizó: acostumbrados a cobrar unas 10 u 11 pesetas, los productores de la película les pagaban 90 por jornada. Normal.

 

Imágenes del archivo personal de José Manuel Gutiérrez

Una de espías

El Parador de Oropesa es un colmado de sorpresas, de cuentos, de chascarrillos (reales). Uno de ellos sobrevive en el Rincón de Somerset Maugham, dedicado al célebre escritor inglés (nacido en Francia) que trabajó para el Servicio Secreto británico durante la Primera Guerra Mundial, experiencia que le sirvió para aderezar alguna de sus más célebres novelas. En uno de sus paseos por España recayó en este palacio con la única intención de reponer fuerzas culinarias, pero le gustó tanto el lugar que se quedó varios días. Ni corto ni perezoso escribió varios artículos acerca de las bonanzas del Parador para el ‘Chicago Tribune’, como ese ‘Interludio de Oropesa’, de tal manera que lo dio a conocer entre los norteamericanos. En ellos hablaba de cómo se vivía en estas latitudes, entre los muros del Parador… Tal fue su enamoramiento que cada vez que venía al país recalaba por las antañonas estancias de los Álvarez de Toledo. Y se dice que le gustaba mucho la tortilla que aquí se servía. Tomen nota.

Hoy comemos...

El cordobés Martín Madrid es, desde hace dos años, el jefe de cocina, aunque ya lleva 15 trasteando por los fogones del Parador de Oropesa, uno de las citas obligadas que, como dice su directora, María José Sepúlveda, “a este Parador se le podría llamar restaurante con habitaciones, es una maravilla”. Martín, que sintió desde bien joven el cosquilleo de la gastronomía, tenía claro que quería dedicarse en cuerpo y alma a ella y maneja entre sus manos una herencia culinaria con mayúsculas: al principio, en 1930, asesorada por ‘Lhardy’; y luego en manos del maestro de maestros, Eufrasio Ureña, que imprimió una sabiduría colosal y elevó los estándares a niveles celestiales, inspirado en parte por el aprendizaje que realizó en Oyarzun bajo la batuta del gran Luis Irízar. Con todo este bagaje a sus espaldas, Martín Madrid elabora “una cocina tradicional manchega a la que le damos un punto moderno, con productos de la zona, con influencias de La Vera, de Ávila, de Extremadura”. Regionalidad y cercanía que se degustan en los quesos de la Campana de Oropesa (la comarca en la que se encuentra la villa); en unas fabulosas migas del pastor, con su huevo, chorizo y torreznos; en la imprescindible perdiz estofada a la toledana; lomo madurado; tarta de queso ‘oropesano’, equilibrada, ni muy fuerte ni muy suave; o el postre de mazapán, que para eso estamos en la provincia de Toledo.

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Fotografía: Pablo Garcia Sacristán.             

Redacción: Kino Verdú .                   

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